

Carlos Maury Escalante
En el verano de 1972, la capital de Islandia, una pequeña e imperturbable isla del Atlántico Norte, se convirtió en el epicentro de un drama absoluto que paralizó a la opinión pública internacional. No se trataba de una crisis de misiles ni de una cumbre de desarme nuclear, sino de un tablero de sesenta y cuatro escaques. La cadena norteamericana ABC, en su célebre programa Wide World of Sports, transmitía las partidas de ajedrez con el mismo fervor y despliegue técnico que solía reservar para el patinaje artístico, el esquí alpino o la gimnasia olímpica. Para la Unión Soviética, que había monopolizado el campeonato del mundo de forma ininterrumpida desde 1948, el «juego ciencia» no era un mero pasatiempo burgués, sino una demostración científica e institucional de la superioridad intelectual del socialismo sobre el capitalismo de Occidente.
En este tenso escenario de la Guerra Fría irrumpió Robert James «Bobby» Fischer, un genio estadounidense de personalidad huraña, asocial y monomaníaca, cuya corteza cerebral operaba bajo presiones y con una eficacia que el común de los mortales difícilmente podría sostener. Fischer encarnaba la antítesis del sistema soviético: un cruzado solitario, un pirata del tablero que avanzaba desprovisto de la maquinaria estatal de analistas, teóricos y psicólogos que protegían al campeón defensor, el cortés e introspectivo Boris Spasski.

Sin embargo, detrás de la aparente orfandad de Fischer, se tejía una de las redes de influencia política y diplomática más complejas del siglo XX. En el centro de esta red se encontraba una figura cuya concepción de la geopolítica se basaba en la balanza de poder y el pragmatismo frío: el doctor Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon. Para Kissinger, Reikiavik no era solo un torneo deportivo; era un frente de batalla ideológico fundamental en el que la Realpolitik estadounidense debía triunfar a cualquier precio, incluso si eso significaba doblegar los caprichos neuróticos de un joven de Brooklyn que parecía empeñado en sabotear su propia cita con la historia.

II. El enigma de la primera llamada: La seducción del patriota en Queens A finales de junio de 1972, el «Match del Siglo» agonizaba antes de haber comenzado. Bobby Fischer, atrincherado en la residencia de su amigo y colega, el gran maestro Anthony Saidy, en el vecindario de Queens, Nueva York, se negaba en redondo a abordar el avión con destino a Islandia. El aspirante exigía una parte sustancial de la recaudación de la taquilla, derechos televisivos exorbitantes y la exclusión de las cámaras de filmación que, según él, perturbaban su sacrosanta concentración. Fischer se comportaba como una «Greta Garbo perseguida», cancelando reservas de vuelo una tras otra mientras los organizadores islandeses y la FIDE se hundían en la desesperación.
Fue en este punto de colapso institucional cuando la Casa Blanca decidió intervenir de manera directa. La diplomacia silenciosa de Kissinger se activó tras recibir telegramas urgentes de la Embajada de los Estados Unidos en Reikiavik, que advertían sobre el desastroso impacto de un desplante de Fischer en las relaciones bilaterales con Islandia y en el prestigio estadounidense frente al bloque comunista.

El propio Anthony Saidy fue quien descolgó el auricular cuando la secretaria de Henry Kissinger llamó para concertar la histórica conversación telefónica con Fischer. Lo que siguió es parte de la mitología del ajedrez, pero la investigación histórica en los archivos presidenciales ha desvelado la precisión cronológica del suceso. Pocas horas antes de que Fischer abordara finalmente un vuelo nocturno con destino a Islandia, Kissinger mantuvo una conversación con el presentador británico David Frost el 3 de julio de 1972 a las 10:45 de la mañana. En la transcripción desclasificada de esa llamada, conservada en la Biblioteca Presidencial de Richard Nixon en Yorba Linda, California, Frost interpeló al consejero sobre el destino del match, a lo que Kissinger respondió de forma escueta y decidida: «I’ll do it» («Lo haré»).
Kissinger cumplió su palabra. Minutos después, llamó al teléfono de la residencia de Saidy. Al tener al esquivo genio en la línea, el estratega de la política exterior estadounidense desplegó un sutil juego de lisonja y deber nacional, abriendo la conversación con una frase inmortal:
«Este es el peor jugador de ajedrez del mundo llamando al mejor jugador de ajedrez del mundo».
Kissinger apeló directamente al orgullo nacionalista de Fischer, instándole a viajar para no insultar a la hospitalaria nación de Islandia y para demostrar sobre el tablero la pujanza del espíritu individual estadounidense frente al colectivismo soviético. Esta llamada, combinada con la providencial oferta financiera del banquero británico James Slater —quien aportó de su propio bolsillo cincuenta mil libras esterlinas para duplicar la bolsa de premios—, destrabó la parálisis mental de Fischer, quien esa misma noche voló hacia Reikiavik.

III. La crisis del forfeit y la misteriosa conexión de California Si la primera llamada sirvió para inaugurar el campeonato, la segunda intervención de Kissinger fue necesaria para rescatarlo de las ruinas de la paranoia. El match comenzó de manera desastrosa para el bando estadounidense. En la primera partida, Fischer cometió un error infantil e incomprensible en la jugada 29, capturando un peón envenenado con su alfil (¿29… Axh2?) y perdiendo el juego de forma inapelable. Humillado por su propia pifia, Fischer culpó al ruido de la sala y a la cercanía de las cámaras de televisión de la productora de Chester Fox, que retransmitía el evento para la cadena ABC.
Fischer exigió la retirada inmediata de todo el equipo de filmación. Al no cumplirse sus demandas para la segunda partida el 13 de julio de 1972, el retador simplemente no se presentó. El árbitro principal, el alemán Lothar Schmid, no tuvo más opción que aplicar el reglamento con fría severidad y otorgar la victoria a Spasski por incomparecencia (forfeit), colocando el marcador en un humillante y aparentemente irrecuperable 2-0 a favor de la Unión Soviética.
Fischer, preso de un ataque de furia y victimismo, se encerró en su suite del Hotel Loftleidir, arrancó los cables telefónicos de las paredes y comenzó a realizar reservas en tres vuelos distintos para abandonar Reikiavik de inmediato. Fue en este instante de máxima tensión cuando el aparato político de Washington volvió a manifestarse en la isla.
El 17 de julio de 1972, el portavoz oficial de Fischer y vicepresidente de la Federación de Ajedrez de EE. UU., Fred Cramer, convocó de urgencia a los corresponsales extranjeros en Reikiavik para anunciar que Henry Kissinger se había puesto en contacto nuevamente con el ajedrecista. La portada de The New York Times del día siguiente, 18 de julio, tituló en un despacho exclusivo: «Kissinger Phone Call To Fischer Disclosed» («Se revela llamada telefónica de Kissinger a Fischer»).
De acuerdo con las memorias del gran maestro Robert Byrne publicadas en la revista oficial Chess Life & Review, la llamada de Kissinger, sumada a una marea de miles de telegramas de aficionados que inundaban la suite del hotel, fue el factor psicológico definitivo que forzó a Fischer a recapacitar, deshacer sus planes de huida y cancelar sus pasajes aéreos. Kissinger, llamando esta vez desde California, según el biógrafo Frank Brady, instó al jugador a anteponer el honor de su patria por encima de sus disputas personales con los camarógrafos y los organizadores locales.

IV. El enigma de las transcripciones y la contradicción de Kissinger A pesar del consenso de los testigos presenciales y de las declaraciones públicas de Fred Cramer en Reikiavik, la intervención de Kissinger en el match está envuelta en una sutil contradicción documental que ha fascinado a los historiadores del ajedrez. El 21 de julio de 1972, apenas cuatro días después de que la prensa mundial reportara la llamada de auxilio a Reikiavik, Henry Kissinger sostuvo una conversación telefónica privada con Jerry Schecter, corresponsal de la prestigiosa revista Time.
En la transcripción oficial de esa llamada, guardada en los archivos de seguridad nacional desclasificados, Schecter inquirió a Kissinger sobre su papel como salvador del torneo en Islandia. Para sorpresa del periodista, el consejero de Seguridad Nacional intentó minimizar drásticamente su involucramiento político en el asunto:
«Solo hice una llamada. La hice el día en que la partida para Islandia estaba en duda y, ya sabes, lo hice simplemente como alguien interesado en el ajedrez».
Esta declaración formal ha dividido a los analistas en dos vertientes interpretativas:
- La hipótesis de la Realpolitik defensiva: Kissinger, consciente de que un excesivo involucramiento de la Casa Blanca en un torneo deportivo violaba las normas no escritas de la diplomacia cultural y podía ser interpretado por Moscú como una provocación directa del gobierno de Nixon, decidió desmentir sistemáticamente la segunda llamada para proteger la neutralidad de la administración norteamericana.
- La exageración del búnker de Fischer: El entorno de Fischer, liderado por el astuto Fred Cramer, habría utilizado y amplificado falsamente el rumor de una segunda llamada de Kissinger como una formidable arma de presión psicológica. Al hacer creer a los organizadores islandeses y a la delegación soviética que la Casa Blanca vigilaba el match minuto a minuto, el equipo estadounidense lograba que la FIDE y los árbitros hicieran concesiones reglamentarias inauditas —como permitir que la tercera partida se jugara a puerta cerrada en una sala de tenis de mesa— por temor a provocar un colapso que desatara un incidente diplomático de escala mundial.

De una forma u otra, el susurro de Kissinger en el oído de Fischer demostraba que en la mesa de juego se sentaba un tercer jugador invisible: el Departamento de Estado de la mayor potencia de Occidente.
V. Campos de fuerza y erratas de papel: Las sombras de la crónica literaria La atmósfera febril e histriónica de Reikiavik fue inmortalizada por el filósofo y crítico cultural George Steiner en su célebre ensayo Campos de fuerza (Fields of Force), originalmente publicado en la revista The New Yorker en octubre de 1972. El texto de Steiner es una obra maestra de la prosa de corte psicológico, capaz de capturar la violencia autista y la tensión espacial que rodeaban a ambos maestros sobre el escenario.
No obstante, una contrastación rigurosa de los hechos demuestra que incluso los intelectuales más reputados son vulnerables a las gaffes editoriales e históricas. La traducción al español de la obra de Steiner, editada por La Fábrica en el año 2004, es un ejemplo elocuente de negligencia cronológica. El volumen lleva por subtítulo oficial Fischer y Spasski en Reikiavik, 1973. Sin embargo, cualquier registro histórico elemental demuestra que el campeonato mundial concluyó el 1 de septiembre de 1972 con el abandono telefónico de Spasski, meses antes de que se inaugurara el año 1973. Los editores madrileños simplemente confundieron el año de la primera edición en formato de libro del ensayo de Steiner en el Reino Unido (1973) con la fecha real del match.
Las imprecisiones de Steiner no se detienen en la cronología. En la portada de la misma edición en español de 2004, el apellido del campeón estadounidense aparece escrito con una flagrante falta de ortografía: «Fisher» en lugar de su grafía correcta con «c», Fischer. Este error de diseño fue documentado por el historiador de ajedrez Javier Asturiano Molina en el prestigioso archivo Chess Notes por Edward Winter (CN 11243). Asimismo, Steiner comete un error de protocolo aristocrático al referirse de manera sistemática al maestro, analista y árbitro inglés Henry Golombek como «Sir Henry». Aunque Golombek fue condecorado con el rango de Oficial de la Orden del Imperio Británico (OBE) en 1966 por sus invaluables servicios al ajedrez, jamás recibió el título de Knight Bachelor que le habría otorgado legítimamente el derecho de anteponer el tratamiento de «Sir» a su nombre.

VI. Del Eames de cuero a las dos moscas: La paranoia de la Guerra Fría Mientras Kissinger operaba en las alturas de la diplomacia presidencial, el microcosmos del match en la sala Laugardalshöll descendía a menudo a niveles de una comedia negra absurdamente real. Uno de los fetiches más singulares de Reikiavik fue la silla de Fischer. Negándose a sentarse en cualquiera de las butacas de madera proporcionadas por los organizadores, Fischer exigió la importación urgente desde Chicago de una Eames Executive Chair (también conocida como Time-Life Chair), un diseño ergonómico de cuero negro y metal creado por Charles y Ray Eames en 1960 que Fischer había probado durante su duelo contra Petrosian en Buenos Aires en 1971. Los registros contables confirman que la silla fue adquirida por la organización islandesa a un precio de descuento exacto de 471.60 dólares. Al notar la exquisita comodidad del aspirante, Spasski y la delegación soviética exigieron de inmediato que se importara por avión un modelo idéntico para el campeón defensor.
La posesión de la silla de cuero se transformó en paranoia pura tras la decimotercera partida, en la que Spasski comenzó a cometer errores incomprensibles bajo una neblina mental que Steiner comparó con un proceso de «auto-mate». El 22 de agosto de 1972, el segundo de Spasski, el gran maestro Efim Geller, emitió un comunicado oficial denunciando que el equipo de Fischer estaba utilizando «medios no ajedrecísticos» —aparatos electrónicos ocultos o sustancias químicas nocivas— instalados en el sillón giratorio y en el sistema de iluminación para desestabilizar la mente del campeón soviético.
La policía de Reikiavik acudió a la sala de juego armada con detectores de metal y equipos de rayos X. Científicos islandeses desarmaron e inspeccionaron minuciosamente cada rincón de la silla de Fischer. El barrido de seguridad no reveló transmisores de microondas ni venenos de la CIA; lo único inusual que se halló dentro de una de las bombillas que iluminaban el escenario fue la presencia de dos moscas muertas. Con un celo de contrainteligencia digno de una novela de espionaje, un ayudante de la delegación soviética colocó los insectos en un frasco de vidrio de laboratorio y voló de regreso a Moscú para someterlos a análisis químicos bajo la sospecha de que las moscas habían muerto a causa de radiaciones secretas estadounidenses.

VII. Los verdaderos héroes invisibles del bando estadounidense La narrativa dominante construida por la prensa occidental retrató a Fischer como un genio indómito que venció al imperio soviético de forma puramente individual. No obstante, la reconstrucción histórica ha rescatado la figura del verdadero salvador técnico y psicológico de Fischer en la isla: el padre William Lombardy.
Lombardy, un fuerte gran maestro que además era sacerdote católico consagrado, había sido el entrenador de Fischer desde que este tenía once años y medio. En la tensa antesala del torneo, Lombardy fue el único capaz de lidiar con las crisis de histeria y paranoia de su pupilo. Cuando Fischer amenazó con huir de Islandia tras el forfeit de la segunda partida, Lombardy tomó una medida drástica: le quitó las llaves del coche para evitar que Fischer se dirigiera a toda prisa hacia la base militar estadounidense de Keflavík (Islandia) y abordara un vuelo de evacuación. Fue Lombardy quien negoció directamente con Spasski —quien aceptó por una caballerosidad impecable que los analistas soviéticos tacharon de debilidad imperdonable— jugar la decisiva tercera partida en una pequeña sala trasera utilizada normalmente para tenis de mesa, salvando de este modo el match de la cancelación definitiva.
A pesar de que Lombardy y Fischer analizaron juntos las 14 partidas aplazadas del encuentro sin cometer un solo error técnico, la frágil psique de Fischer terminó por desgastar su relación. Durante el análisis nocturno de la partida 13, Lombardy estornudó un par de veces en la mesa debido a la cena. Fischer escenificó un drama histriónico: «¡Tienes un resfriado, Bill! ¡Sabes perfectamente que no puedo permitirme el lujo de pescar un resfriado ahora!». Fischer relegó a Lombardy de sus funciones y lo envió a «analizar a otra parte», reemplazándolo de inmediato por el gran maestro Lubomir Kavalek. A pesar de la humillación, Lombardy permaneció discretamente en la isla hasta el final del torneo, asegurándose de que Fischer completara su histórica cruzada.

VIII. Epílogo trágico de dos gladiadores exiliados El drama de Reikiavik tuvo un desenlace brillante en lo deportivo, con la coronación de Fischer como el undécimo campeón mundial de ajedrez el 1 de septiembre de 1972. Sin embargo, en el plano humano, el match asestó un golpe trágico y definitivo a las vidas de ambos contendientes.
Boris Spasski pagó un alto costo político por su caballerosidad y su derrota ante el imperialismo yanqui. Marginado por la burocracia ajedrecística de la URSS y sometido a una asfixiante vigilancia por parte de los agentes del KGB, Spasski se vio obligado a exiliarse permanentemente en Francia en 1976.
Fischer, por su parte, se sumió en un aislamiento absoluto, abandonando el ajedrez competitivo y renunciando a defender su título en 1975 frente a Anatoli Kárpov. Exactamente veinte años después del torneo de Islandia, en 1992, ambos amigos volvieron a reunirse en un polémico rematch multimillonario en Sveti Stefan y Belgrado. Spasski, mostrando una lealtad inquebrantable hacia un Fischer envejecido y financieramente quebrado, aceptó jugar en el territorio de la antigua Yugoslavia en plena guerra de los Balcanes, desafiando de manera abierta las sanciones económicas de la ONU.

Este encuentro en el exilio provocó que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos emitiera una orden de arresto federal contra Bobby Fischer por violar el bloqueo comercial contra Yugoslavia. El héroe que Kissinger había instado a jugar por el honor de su patria se convirtió, de la noche a la mañana, en un prófugo internacional perseguido por su propio gobierno.
El drama humano se cerró con una ironía poética inigualable: en el año 2005, el gobierno de Islandia —el mismo país nórdico que había albergado el clímax de su juventud bajo el asedio de la diplomacia de Kissinger— concedió a Fischer la ciudadanía por razones humanitarias para salvarlo de la detención en Japón. Sería en Reikiavik, entre la luz de un sol de medianoche que nunca se pone y el perenne viento del Ártico, donde el atormentado genio estadounidense encontraría su última morada en el año 2008.
Más allá de las intrigas geopolíticas, las presiones de la Casa Blanca y la sombra ineludible de la Guerra Fría, el «Match del Siglo» trascendió la política para transformarse en un fenómeno cultural sin precedentes. Aquel glorioso verano de 1972 en Reikiavik encendió una chispa que cruzó fronteras, husos horarios e ideologías: millones de personas en todo el planeta, que jamás habían sostenido una pieza en sus manos, aprendieron a mover el caballo, a temer los peones envenenados y a trasnochar frente al televisor para descifrar el destino de sesenta y cuatro escaques. Fischer y Spasski consiguieron elevar el ajedrez desde las penumbras de los clubes tradicionales hasta convertirlo en una pasión universal, masiva e inolvidable.
Ambos titanes pagaron un precio devastador en lo personal, pero su choque de gigantes regaló al mundo una obra de arte inmortal grabada en madera y lógica pura. En el apretón de manos de Spasski tras su derrota y en la genialidad obsesiva de Fischer vive la belleza trágica del juego ciencia en su máxima expresión.
«Bobby Fischer y Boris Spassky no solo libraron una batalla entre dos superpotencias; encarnaron la cima del intelecto, la dignidad y la pasión humana, regalándole al mundo la época dorada del ajedrez y demostrando que la verdadera inmortalidad no pertenece a los imperios, sino a los maestros que logran conmover el alma de la humanidad a través de una mesa de juego.»
